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Desde que éramos niños (o por lo menos en mi caso, según recuerdo); empezaron a enseñarnos cómo era la forma «correcta» de comportarnos, así que a unos les decían que se callaran, a otros que hablaran pasito, a aquellos que no lloraran, a estos que no se rieran tan duro y a los de más allá que hablaran en voz baja…

Como si fuera poca cosa esto de empezar a desconectar tus sentimientos; le agregaron la condimentada preferencia de género: así que si eres niño no estaba bien llorar porque: «los niños no lloran» y si eres niña: «calladita te ves más bonita» por mencionar sólo algunas de las expresiones más comunes. Lo cierto es que en el camino de nuestro crecimiento, desaprendimos lo que es la autenticidad. Porque en este laborioso camino, siempre estamos en búsqueda del amor, el bonito camino se convierte en un via crucis en el que nos llenamos de miedos, de vendas oculares, de confusión y tristeza.

¿Por qué sucede esta desconexión? sucede que de niños nuestros dioses o seres más importantes son nuestros padres, antes de nacer no sabemos qué «somos» ya que cuando estamos en el vientre materno, sólo hacemos parte de algo más y no somos conscientes de ello, experimentamos seguridad y bienestar en todos los sentidos; la temperatura es perfecta, no sentimos hambre y en general sólo existimos sin tener consciencia de lo que somos. Una vez nacemos experimentamos el frío, el calor, el hambre, el dolor y una serie de sensaciones nuevas y desconocidas, así mismo muchas de ellas atemorizantes.

El cuidado parental es una estrategia que va mucho más allá en los humanos que en animales. Yendo a lo básico; el bebé percibe que sus padres son todo, quienes le brindan cuidado, alimento, protección, techo y de forma inconsciente formamos en nuestra mente que «necesitamos» a otros para vivir y obtener bienestar, al final se resume en esa sensación de necesitar algo que está fuera de nosotros para ser feliz. Por eso siempre estamos buscando adaptarnos, dar gusto, complacer. Posterior a esto nuestros padres, con las mejores intenciones, pero no las mejores herramientas; reforzaron miedos, creencias limitantes, condicionamientos sociales, prejuicios.

Por esta razón aprendimos a desconectarnos de nosotros mismos, de nuestro sentir, nos enseñaron a alimentar la mente y a dejar de lado el corazón. Poco a poco dejamos de expresar nuestros sentimientos porque estaba mal hacerlo. Tapamos el enojo, la ira, la tristeza y hasta el amor porque socialmente no está permitido. Cuando nuestro cuerpo nos alerta sobre un riesgo o sobre algo que pasa a nivel interior se encienden las alarmas, y nosotros las apagamos abruptamente.

¿Qué pasa si nos dejamos sentir?,¿te ha sucedido que una emoción que no viene a cuento aflora en el momento menos esperado?, pues esto es el resultado de callar las emociones lo cual trae como consecuencia enfermedades, sufrimiento y más sufrimiento. Es la manifestación de una herida que se ha formado en la niñez y se alimentó como un pequeño monstruo encerrado, cada vez más enfurecido y si no la sientes cuando se asoma cada vez toma más fuerza tomando poder sobre tí y por eso nos volvemos reactivos…No es una cuestión de inteligencia emocional, es un asunto de dejar a la emoción ser, ciertamente todas las emociones existen porque son necesarias y no son malas. Amigo lector, reflexiona sobre esto y observa tus emociones, para llegar a conectarnos con nuestra esencia debemos devolver la película y transitar por todos los cuadros detenidamente, observarlos y proyectarlos con todo su color y esplendor para poder entender la película. Déjate sentir!! siente y sólo siente, ahora si aprende a ser auténtico, nadie nos enseñó, di que no cuando no lo deseas, di que si cuando te apetece, date la libertad de no ser perfecto, de cometer errores y cuando decidas vivir de forma auténtica, sigue sintiendo, e inevitablemente volverás conectar a ser en esencia lo que en realidad eres amor y así experimentarás la felicidad como un camino y no una meta.

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